Costa Rica está a semanas de una decisión histórica.
No es una elección cualquiera. Es escoger quién tendrá el timón del país por los próximos cuatro años… y, más delicado aún, qué tan concentrado estará el poder.
Las encuestas —que orientan pero no deciden— apuntan a que el continuismo va encabezando la carrera con Laura Fernández. Un continuismo que, durante su gestión, ha dividido al país, ha profundizado la polarización y ha convivido con uno de los periodos más violentos en la historia reciente de Costa Rica. Esa es la realidad, incómoda pero real.
En la acera de enfrente hay opciones claras y diversas:
Álvaro Ramos, joven, con una discapacidad auditiva que no le resta visión ni compromiso democrático; representa una nueva escuela dentro del Partido Liberación Nacional.
El candidato del Partido Unidad Social Cristiana, preparado, técnico, con formación sólida y discurso estructurado.
Claudia Dobles, una de las figuras más fuertes del escenario político actual.
Y Aguilar Berrócal ( cuyo vínculo familiar con Nayib Bukele despierta preguntas legítimas sobre influencias externas. Preguntar no es acusar; es ejercer ciudadanía.
El punto crítico no es solo quién gane la Presidencia.
El verdadero peligro sería entregar también la Asamblea Legislativa sin contrapesos.
Hablar de 40 diputados del continuismo no es un detalle técnico: es una alerta democrática. Sin diálogo, sin negociación, sin balance, el poder se vuelve imposición. Y cuando no hay contrapesos, la democracia se debilita.
Si Costa Rica decide que Laura Fernández sea presidenta, se respeta: el pueblo manda.
Pero no podemos permitir que ningún gobierno concentre todo el poder. La Asamblea debe ser plural, incómoda si hace falta, pero firme. Porque la democracia no es obediencia, es equilibrio.
Costa Rica no nació para arrodillarse ante un solo poder.
Nació para dialogar, disentir y corregir el rumbo cuando hace falta.
Eso también es patriotismo.
Eso también es amor por el país.
Costa Rica está a semanas de una decisión histórica. No es una elección cualquiera. Es escoger quién tendrá el timón del país por los próximos cuatro años… y, más delicado aún, qué tan concentrado estará el poder. Las encuestas —que orientan pero no deciden— apuntan a que el continuismo va encabezando la carrera con Laura Fernández. Un continuismo que, durante su gestión, ha dividido al país, ha profundizado la polarización y ha convivido con uno de los periodos más violentos en la historia reciente de Costa Rica. Esa es la realidad, incómoda pero real. En la acera de enfrente hay opciones claras y diversas: Álvaro Ramos, joven, con una discapacidad auditiva que no le resta visión ni compromiso democrático; representa una nueva escuela dentro del Partido Liberación Nacional. El candidato del Partido Unidad Social Cristiana, preparado, técnico, con formación sólida y discurso estructurado. Claudia Dobles, una de las figuras más fuertes del escenario político actual. Y Aguilar Berrócal ( cuyo vínculo familiar con Nayib Bukele despierta preguntas legítimas sobre influencias externas. Preguntar no es acusar; es ejercer ciudadanía. El punto crítico no es solo quién gane la Presidencia. El verdadero peligro sería entregar también la Asamblea Legislativa sin contrapesos. Hablar de 40 diputados del continuismo no es un detalle técnico: es una alerta democrática. Sin diálogo, sin negociación, sin balance, el poder se vuelve imposición. Y cuando no hay contrapesos, la democracia se debilita. Si Costa Rica decide que Laura Fernández sea presidenta, se respeta: el pueblo manda. Pero no podemos permitir que ningún gobierno concentre todo el poder. La Asamblea debe ser plural, incómoda si hace falta, pero firme. Porque la democracia no es obediencia, es equilibrio. Costa Rica no nació para arrodillarse ante un solo poder. Nació para dialogar, disentir y corregir el rumbo cuando hace falta. Eso también es patriotismo. Eso también es amor por el país.
0 Kommentare 0 Geteilt 913 Ansichten 0 Bewertungen
publicar