Viendo lo que pasó con Yeison Jiménez, uno no puede evitar quedarse en silencio. Un cantante de música popular, de esos que nacen del pueblo y vuelven al pueblo. Querido, respetado, uno de los más grandes y más populares de Colombia. Un artista que llenó estadios, que hizo cantar a miles con historias de vida, de caídas y de sueños levantados a pulso. Un hombre que llevó su música a otras partes del mundo, cruzando fronteras con su voz y su verdad.
Yeison empezó desde abajo. Sin alfombras rojas. Sin privilegios. A fuerza de trabajo, disciplina y visión, construyó lo que muchos solo imaginan. A sus 34 años tenía avión propio, empresas, estabilidad económica, una familia, y todavía muchísimos capítulos por escribir. Un empresario joven, un soñador que no se quedó soñando, sino que hizo.
Y hoy, de repente, amanecemos con la noticia que golpea el alma: un accidente, un instante, un silencio que pesa. La vida se fue sin pedir permiso.
Pero no fue solo él. En ese mismo vuelo murieron también cuatro personas más de su equipo de músicos, compañeros de camino, trabajadores del arte, gente que iba cumpliendo su oficio, persiguiendo escenarios, sosteniendo sueños que no siempre llevan reflector. Cuatro vidas más que también dejaron familias, abrazos pendientes, historias incompletas.
Entonces uno se pregunta, con el pecho apretado: ¿qué tan frágil es la vida? ¿Cómo la muerte llega sin avisar, sin darnos la oportunidad de despedirnos, sin permitir un último abrazo? Nos vamos… y todo se queda. Los escenarios llenos, los planes, los aviones, las empresas, las canciones, los instrumentos, los sueños a medio camino.
La vida no promete mañanas. No respeta fama, edad ni éxito. Hoy estamos, mañana no sabemos. Por eso hay que vivir despiertos, amar sin reserva, decir lo que sentimos ahora y no después. Porque al final, el verdadero lujo no es lo que se tiene, sino el tiempo que todavía late.
Descansen en paz Yeison Jiménez y los cuatro integrantes de su equipo.
Su música queda. Su trabajo queda.
Y la lección… esa nos sacude a todos.
Viendo lo que pasó con Yeison Jiménez, uno no puede evitar quedarse en silencio. Un cantante de música popular, de esos que nacen del pueblo y vuelven al pueblo. Querido, respetado, uno de los más grandes y más populares de Colombia. Un artista que llenó estadios, que hizo cantar a miles con historias de vida, de caídas y de sueños levantados a pulso. Un hombre que llevó su música a otras partes del mundo, cruzando fronteras con su voz y su verdad. Yeison empezó desde abajo. Sin alfombras rojas. Sin privilegios. A fuerza de trabajo, disciplina y visión, construyó lo que muchos solo imaginan. A sus 34 años tenía avión propio, empresas, estabilidad económica, una familia, y todavía muchísimos capítulos por escribir. Un empresario joven, un soñador que no se quedó soñando, sino que hizo. Y hoy, de repente, amanecemos con la noticia que golpea el alma: un accidente, un instante, un silencio que pesa. La vida se fue sin pedir permiso. Pero no fue solo él. En ese mismo vuelo murieron también cuatro personas más de su equipo de músicos, compañeros de camino, trabajadores del arte, gente que iba cumpliendo su oficio, persiguiendo escenarios, sosteniendo sueños que no siempre llevan reflector. Cuatro vidas más que también dejaron familias, abrazos pendientes, historias incompletas. Entonces uno se pregunta, con el pecho apretado: ¿qué tan frágil es la vida? ¿Cómo la muerte llega sin avisar, sin darnos la oportunidad de despedirnos, sin permitir un último abrazo? Nos vamos… y todo se queda. Los escenarios llenos, los planes, los aviones, las empresas, las canciones, los instrumentos, los sueños a medio camino. La vida no promete mañanas. No respeta fama, edad ni éxito. Hoy estamos, mañana no sabemos. Por eso hay que vivir despiertos, amar sin reserva, decir lo que sentimos ahora y no después. Porque al final, el verdadero lujo no es lo que se tiene, sino el tiempo que todavía late. Descansen en paz Yeison Jiménez y los cuatro integrantes de su equipo. Su música queda. Su trabajo queda. Y la lección… esa nos sacude a todos.
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